martes 17 de noviembre de 2009

La reina (cuento)




Este cuento me lo inspiraron Willie y Maciel, el pasado sábado. La mente humana es inventora. Un acontecimiento superfluo o vano, desata un torrente de ideas. No se si sea bueno o malo. Ni si le gusta o no a alguien. La intención es crítica. Lo físico es pasajero. Lo que cuenta es lo que uno es. Las malas cosas le pasan a cualquiera. Hay quienes dicen que la suerte de la fea, la bonita la desea...no se, a veces es así. No es un relato autobiográfico y cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.

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La Reina tiene 23 años, es guapa, dulce y cariñosa. Le llamo “La Reina”, con mayúsculas, aunque su nombre verdadero es Carolina Alexandra Galtieri Fuentes, porque ella, nunca fue Carolina Alexandra, Carolina o Caro, como cualquier otra hija de vecina. Ella siempre fue “La Reina”. La única hija hembra de un hogar de 4 hermanos varones y “La Reina” por derecho propio e indiscutible, por designación popular, “elegida de a dedo”, unánimemente, no por jurados corruptos y sobornables, sin un solo voto en contra, por los habitantes del pueblo entero, convocado a propósito, en cabildo abierto, en la plaza central, dicho sea de paso, la única del pueblo.


En un clima de efervescencia y fervor cívico, casi patriótico “La Reina” fue elegida y coronada como la soberana “oficial” de los carnavales de Palo Gordo.Como dato interesante, para un lector inquisidor y curioso de los detalles de la prehistoria del personaje, es importante saber que, “La Reina” fue reina, con minúscula y sin comillas, de la mayoría de los eventos sociales de Palo Gordo, su pueblito natal, una ciudadela tercer mundista, con aspiraciones de metrópoli urbana, en la que la mayoría de sus habitantes, sólo llegan a dormir, luego de trabajar todo el santo día en la capital cercana a un par de kilómetros.


Ahora bien, eso no importa mucho para el caso, pues aunque la gente de Palo Gordo, sólo llegaba a pernoctar en las noches de lunes a viernes, las pachangas de fin de semana, siempre fueron memorables; razón por la que nunca dejó de haber algún reinado, evento o fiesta donde “La Reina” pudiera lucir, a propios y extraños, sus múltiples encantos.


Volviendo a los reinados de “La Reina” y para que se tome en cuenta su profesionalismo y experiencia, que la misma fue reina del kinder, de la primaria, de la secundaria, del Festival de los Bomberos Voluntarios, de la Feria de la Guayaba, de las Damas de la Alianza por la decencia y la moral católica, de la Asociación de Productores de calabaza, presidida por el eximio hijo de la patria, Don Wilbur Landoro. Todos ellos eventos previos al Carnaval memorable, que la catapultó a la fama y que la convirtió en el icono representativo de Palo Gordo. Actividades banales, que tenían en común, la necesidad de utilizar la imagen de una niña bonita, ligera de ropas, carne de caperucita roja, para poder venderse.


Su preparación en tales menesteres, fue iniciada por su madre, desde antes de que naciera. En razón de ello, desdeñó como marido a Juan Duarte, su eterno enamorado, un guapo, trabajador y muy ardoroso mancebo, cuyo único pecado, a los ojos de la entonces señorita Matilda Renata Fuentes Arjona, era el ser poseedor de una tez canela, cobriza y sospechosa, no apta para la futura descendencia de la muy rubia prole que la señorita Matilda deseaba procrear.


Por eso es que la muy calculadora y hoy, ‘ña Matilda, en sus años mozos, culminó sus relaciones con Juan Duarte, coqueteó y se le metió por los ojos, hasta rayar en la indecencia, a Enzo Galtieri, el rubio hijo del italiano, dueño del único cine que funcionaba en el pueblo, hasta que lo atrapó en una telaraña de obligaciones morales, de esas cuyo cumplimiento tienen fecha de cumpleaños y expiran 9 meses después de los hechos consumados. Con él tenía la ventaja adicional de entradas gratis a todos los estrenos cinematográficos, aunque eso implicara aguantarse al baboso y confianzudo italiano, alborotador como pocos e infiel por naturaleza. Lo cierto es que, tal y como lo confirmara ´ña Matilda, Enzo Galtieri, su esposo ante Dios y los hombres, no resultó ser tan mal marido.


Carolina Alexandra “La Reina” fue siempre la alegría y el alma del hogar Galtieri-Fuentes. Llevaba en la sangre el amor por los reinados. Al respecto e iniciando con lo de rigor: fue inscrita y bautizada con nombre de artista de telenovela: Carolina Alexandra. En ese tiempo no se habían puesto de moda las Michelle, ni las Katherine, ni las Stephanies, esas vendrían después con el agringamiento de todo.


Siendo justos con el personaje, también me permito decir que “La Reina”, aparte de ser linda, aria y rubia, por una genética natural, ajena al sol tropical, siempre fue una chiquilla amable y una aplicada estudiante, que con perseverancia y resignación aguantó sin rechistar, las clases de ballet clásico, folklore, tap, y danza moderna desde los 4 años. Aprendió a cantar, a instancia de su madre, hermosas canciones con una voz de mezzosoprano educada a propósito y a recitar, por propio gusto, poemas de Rubén Darío, que hacían entornar la mirada y suspirar a las señoras y que poblaban de pensamientos no tan pudorosos la mente de los señores.


En su infancia nunca hubo nada de juegos rudos que pudieran poner en riesgo sus futuras piernas de pasarela. Lo que si hubo, hasta la saciedad fueron talleres de refinamiento, modelaje y cultura general. Las reinas “confundidas”, esas que no distinguían el imperio celeste, del Japón, tampoco se habían puesto de moda.


Todo ello en una edad en la que la mayoría de los chiquitos aún no terminan de memorizar la tabla del 7. “La Reina”, no jugó al beisbol, “la lata”, ni “la tiene”. No tuvo juguetes ordinarios, como “trompos”, “biombos” o “yoyos”, pero su colección de muñecas “Barbies” pudo, romper un record nacional al respecto.


Así las cosas, e instruido al lector, sobre la personalidad y el entorno de "La Reina", es de claro entendimiento que, las otras reinas, con minúscula y sin comillas, las que vendrían después de aquel reinado memorable de comienzos de los años ochenta, siempre serían una sombra, un mal reflejo de nuestra protagonista, Carolina Alexandra Galtieri Fuentes.


A los 19 años cumplidos, el destino de “La Reina” cambió; y es que, a pesar de las manifestaciones callejeras y los disturbios protagonizados por las masas inconformes de Palo Gordo, con huelgas de hambre incluidas, “La Reina” decidió no participar en las eliminatorias nacionales para optar por la corona del Miss Universo, como se suponía que debía, en virtud del único acto de rebeldía que tuvo en su vida. Y es que contra los designios establecidos por Dios, su madre y el resto de los mortales, “La Reina” se enamoró.


Y ese “amor”, o más bien una extraña y desconocida calentura en el bajo vientre le hizo cumplir con los ritos de socialización existentes entre hombres y mujeres, desde el inicio de los tiempos.“La Reina” se enamoró locamente, con esa rebeldía y estupidez propia de esas mujeres, que como una joya especialmente rara, han sido excesivamente protegidas en su niñez.


Y Carolina, que ya no “La Reina” se fue. Se fue, con su príncipe, porque el tipo jamás pasó de ser eso, un aprendiz de “príncipe consorte”, que jamás “Rey”, a vivir la vida… su vida. A la brava.


Después de varios meses de amores desaforados y descubrimientos insólitos, como el de que los bebes no salían de repollos, “La Reina” y “el príncipe” se tuvieron que casar. A los siete meses y poquitos días les nació una robusta sietemesina que es la delicia de toda la familia, una hermosa criatura, en quien ya se asoman rasgos hechiceros y ademanes elegantes de su madre. Al nacer la bebe, la luna de miel con el príncipe terminó.


Por esa misma época se dieron otros descubrimientos. Por ejemplo, se percató que su suegra era la encarnación de Lucifer en la tierra, para quien ninguna mortal era digna de lavarle las medias a su muy bien criado cachorro; y que su príncipe, el cachorro en cuestión, era un tacaño, mimado, egocéntrico y machista: un cabrón en el sentido estricto de la palabra.


Así las cosas y después de 4 años de convivencia, de vivir sometida a un régimen de humillaciones. De tres episodios comprobados de infidelidad y varias sospechas en el camino, ella, “La Reina” decidió abandonar al príncipe, con suegra incluida y a toda la caterva de amantes verdaderas o ficticias que como gallinas de corral, pululaban alrededor del que fuera el gallo, con ínfulas de cacique de comarca rural. Un tipo bien parecido, sin lugar a dudas, pero cuyo mayor atractivo ante las amantes en cuestión, no eran un físico o una personalidad arrolladora en si, sino la posibilidad de que la aventura se hiciese pública, para de esta forma, hacer rabiar a “La Reina” y así hacerle pagar a aquella, su arrogancia por seguir siendo la criatura más exquisita que jamás hubiera existido.


Transcurrido lo anterior, “La Reina” decidió volver al redil familiar; donde “ña” Renata empezaba a chochear; feliz, ante la inminencia del retorno de su “Reina pródiga” con “Reinita” incluida, y sin mayores problemas regresa a los suyos. Al principio, apaleada, mustia flor marchita, doblegada, pero no vencida; a tratar de recoger los pedazos de su alma, pegarlos como en un rompecabezas y continuar viviendo.


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Hoy por hoy, la vida no es fácil para “La Reina”. Sus opciones de salir adelante no son claras. Sin mayores estudios, una hija a cuestas y sin un trabajo formal, en estos momentos depende del apoyo familiar. Adicional a ello, únicamente recibe una ayuda raquítica que el príncipe decide esporádicamente darle.Éste, a pesar de provenir de una cuna de alcurnia, ser heredero de terratenientes, de ser presidente de un capítulo de una asociación cívica y benéfica de gran renombre nacional y de tener medios económicos considerables, le regatea hasta el último centavo que le corresponde aportar como pensión alimenticia a la hija que en conjunto procrearon.


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Lo último que supe de ella, es que estaba feliz. Me la encontré hace un par de días a la salida del Juzgado de Palo Gordo, el pueblo de sus amores y desventuras, donde decidió quedarse, a pesar de las burlas solapadas y miradas de conmiseración de algunos vecinos.


Me comentó, entre esperanzada e ingenua que, decidió defenderse y demandar de su príncipe, un aumento de la pensión alimenticia para ayudarse con los gastos de la reinita y poder terminar la universidad. De pasadita, me dijo que el hijo de Juan Duarte, el dueño de varias fábricas de botas de cuero y un antiguo novio de su mamá, le prometió trabajo como recepcionista, pues con la llegada al pueblo de la compañía norteamericana de minería, la empresa requiere de una cara bonita y alegre que atienda a los extranjeros que acuden por montones, a comprar botas de cuero, llegados de todos los rincones del mundo en pos del dorado, que por obra y gracia de nuestro señor parece encontrarse a raudales en todas las quebradas, ríos y riachuelos de Palo Gordo y que amenaza con desplazar al carnaval en importancia.

3 comentarios:

Lorena G.B dijo...

Qué cuento tan bonito *.*
Realmente escribes muy bien, ¿crees que alguna vez podría publicar uno de tus cuentos en mi revista?

Un abrazo y continúa escribiendo :D

Anayansi Acevedo dijo...

Gracias a ti Lorena...claro que si puedes tomar lo que quieras...De hecho te leo siempre...la mayoría de las veces no comento...pero siempre me encantan tus publicaciones...De hecho me encantan tus micro relatos...me pareces una experta en el género. Abrazos

Polito dijo...

La Reina; como se debe escribir. Yans, sólo imagina si comentara yo... Mis guerras serían la salsa ignorada de una historia sin reina alguna.

Un abrazo enorme, a una reina.