jueves, 20 de noviembre de 2008

En desacato pleno...


"No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de a sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino. Entre las jóvenes y los varones, el cuerpo es, en primer lugar, la irradiación de una subjetividad, el instrumento que realiza la comprensión del mundo: el universo es apresado a través de los ojos o las manos, pero no por las partes sexuales."

Simone de Beauvoir, El Segundo
Sexo.

Últimamente pienso mucho, parece que mis neuronas de pronto hubieran despertado de un prolongado letargo y hubieran decidido vengarse de tanta inactividad. No es que antes no pensara, sino que sin que nos demos cuenta, la vida se le enreda a una en la vorágine de acontecimientos y responsabilidades propios de cualquier mujer adulta de estos tiempos. Habiendo pasado, la más pequeña de mis hijos, la etapa del destete, las cosas son ahora más fáciles.

Dándole vueltas al asunto del rol actual de las mujeres me digo cuan diferente es mi realidad de la que en su momento vivieron mis abuelas ausentes, mi madre y mis tías. No me imagino haciendo ni la décima parte de cosas que en su momento hacían mujeres como ellas para sacar adelante a sus familias. Tal vez soy egoista y no me vanaglorio de ello o quizás simplemente me condicionaron desde el útero materno para que entendiera que no soy la ciudadana de segunda o tercera categoría y que no puedo hacer feliz a otros, si primero no lo soy yo.

Volviendo a las abuelas, es obvio que los sacrificios y responsabilidades de ellas iban más allá del esfuerzo físico y el cohabitar en condiciones de pobreza, las que, hasta donde se por mis padres, llegó a ser en momentos, extrema. Por ejemplo, mi abuela paterna ni siquiera tuvo acceso a una escuela primaria y de suerte aprendió a leer y a escribir porque una nieta suya que desde pequeña amaba las letras y que además era terca como una mula, se propuso enseñarle, como a los nueve años, lo poquito que "ella sabia". Con el tiempo mi abuela asistió a una escuelita de alfabetización de adultos y aprendió a escribir y leer "de verdad", pero esa nieta siempre ha querido creer que fue ella, quien le enseñó a leer y a escribir (esa ha sido hasta el sol de hoy una de las satisfacciones más grandes de mi vida y uno de los mayores motivos de orgullo).

La historia de mi madre no fue diferente. Con su propia madre ausente y viviendo en condiciones de grandes carencias, uno no se explica como pudo en esas condiciones lograr destacarse profesionalmente y hacer carrera en un mundo tan competitivo como lo es la banca y las finanzas. Pero no, no es un milagro, es simplemente dedicación, sacrificio y una madurez inusual, salpicada de un gran deseo de superación.

Mi madre nunca fue una mujer muy dulce y tierna, es obvio que así debía ser. Sin embargo, siempre me inculcó el amor a la educación y el convencimiento pleno de que quienes no nacimos en cuna de oro, solamente si trabajábamos y nos esforzamos mucho podríamos acceder a vivir decorosamente.

Ella curiosamente ahora casi no lee, pero solía ser una de las lectoras más voraces que he conocido. Gracias a ella descubrí la magia de los libros, pues siempre procuró rodearnos a mis hermanos y a mi, de libros, cómics (Condorito me encanta a) enciclopedias y novelas que llenaron mi infancia y adolescencia de doncellas virtuosas, vaqueros, faunos, hadas, héroes, santos y toda esa caterva de seres maravillosos que pululan en la literatura buena y no tanto.

Esa fue mi realidad de niña suburbana "privilegiada". Sin embargo, a pocos kilómetros de mi casa de entonces, vivían y viven mujeres en lugares donde las penurias, las responsabilidades y el sacrificio son el pan nuestro de cada día. Donde la literatura es algo desconocido y no prioritario, donde la necesidad tiene cara de perro y donde las desesperanzas cotidianas llenan las barrigas.

Y una se pregunta ¿porqué? ¿porqué? y no sabe; y simplemente medita ¡carajo! ¡faltan tantas cosas por hacer!.

Cosmopolitan, Vogue y similares, "nos enseñan" ¡JA! como con la ayuda del wonderbra hacemos el milagro de unas tetas superpoderosas. Los manuales de emprendimiento y toda la parafernalia feminista de Steinem y su combo nos hablan de lograr la autosuficiencia económica como via de liberación a las ataduras de género...pero ¿dónde se nos dice que si desde pequeñas no recibimos inyecciones concentradas para elevar la autoestima, si no nos capacitamos para ser algo más que un pedazo de carne de caperucita, sufriremos indefectiblemente las consecuencias de un mundo donde las oportunidades no han sido repartidas equitativamente?.


1 comentario:

NADIE dijo...

muy buena canción acompaña al texto ala perfección, saludos